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Gafas oscuras

(Relato que hice hace ya algunos años con mucho cariño, con la intención de reflejar un punto de inflexión. La influencia de un pasado y el romper inesperadamente con éste para dar paso a un presente más doloroso pero tal vez más gratificante y lleno de libertad. Hoy me apetecía recordarlo...)

Allí estaba ella, como cada mañana, en aquella cafetería pidiendo su especial cappuccino. Todos la conocían ya: los trabajadores, los clientes habituales, los de los comercios cercanos… Era conocida por su peculiaridad. Una mujer que raramente hablaba. Iba siempre con sus gafas de sol puestas, ocultando lo que todos imaginaban que eran unos preciosos ojos llenos de historias. Se sentía herida con facilidad si alguien no la trataba con simpatía o si no le hacían el café como a ella le gustaba. Respondía a los buenos gestos con bonitas sonrisas, no creía en las palabras. Si captaba algo negativo en el ambiente simplemente se daba la vuelta y se marchaba. Lo que le gustaba lo mantenía como una fiel rutina y lo que no le gustaba lo expulsaba sin pensárselo dos veces, sin compasión. 
Y esa mañana era igual a todas. Pidió su café sin necesidad de especificar que lo quería muy caliente y espumoso, con dos sobres de azúcar de caña y con mucho cacao. Le regaló una sonrisa perfecta a su dependiente favorito y se sentó en un sillón cerca de una ventana que había en la planta de arriba del local. Dejó la taza en la mesita y saboreó poco a poco el capuccino, sin prisas, mientras contemplaba las vistas. 
Se encontraba muy tranquila inmersa en sus pensamientos cuando se le acercó una niña. La observó un momento, debía tener unos  ocho años y parecía tener intención de quedarse contemplándola un buen rato. No se movía, sólo miraba como si quisiera descubrir algo. La miraba directamente a los ojos y su cara mostraba confusión, hasta que preguntó:
  • Señora, ¿por qué lleva gafas de sol si hoy está nublado?
Mar, que así se llamaba la mujer de las gafas oscuras, no contestó. Giró la vista hacia la ventana e intentó volver a sus asuntos. Así estuvo un rato, hasta que se desesperó porque seguía percibiendo la presencia de la pequeña. 
  • ¿Dónde están tus padres? – preguntó Mar. 
Y ahora fue la niña la que no contestó, se giró y se fue. Mar se quedó sorprendida pero satisfecha de poder seguir disfrutando de su soledad.
Pasaban los días y Mar seguía con su rutina diaria en aquella cafetería. Empezó a dedicarle menos tiempo a su café y marchaba más pronto a trabajar. Últimamente se sentía bastante cohibida por Ana, la niña curiosa. Cada mañana se plantaba delante de ella, y eso empezaba a perturbarla. 
Inesperadamente, un día Ana apareció por su lado con unas gafas de sol puestas. Mar no pudo evitar sonreír, la niña tenía un aspecto bastante cómico. Iba ella muy seria y estirada, y tapaba su curiosa mirada llena de ingenuidad. Deslizó un poco las gafas por su nariz hasta dejar ver sus ojos y le dijo a Mar:
  • Soy como tú. 
Mar borró su sonrisa. Una niña de ocho años la estaba parodiando y no sabía qué decirle. Esta vez ni si quiera podía mirar hacia otro lado. Estaba enfurecida. Cogió sus cosas, dejó el café a medias y se fue corriendo mientras las lágrimas caían por sus mejillas. 
Llegó a su casa, se miró al espejo y se dio cuenta de que su aspecto también era cómico, igual que el juego de una niña desconocida. Con rabia se quitó las gafas y las tiró al suelo. Después saltó encima de ellas hasta hacerlas mil trocitos. Pataleó una y mil veces como una cría y sintió que en realidad lo era, por ser un personaje irreal, por taparse, por construir un muro para que nadie pudiera acceder a ella. 
Vio sus ojos inundados de rencor y vio reflejada toda su vida y en especial aquella etapa donde era como Ana: una niña llena de inquietudes, humor y curiosidades. Quería volver a ser así, porque ella era así, pero recordó la promesa y se sintió desnuda, desprotegida. Nunca olvidaría las palabras de su madre: “Protégete a ti misma, siempre, es lo único que debe importarte”. Las valoró como un gran tesoro, había visto a su madre sufrir toda su vida: por amor, por amistad, por todo el mundo que la rodeaba. Siendo una niña decidió que ella no sería así, que ella no quería llorar. En cambio, ahora se encontraba derramando todas las lágrimas que no había podido derramar en años. Ahora se sentía vacía y sin fuerzas ni para ser ella misma ni para seguir siendo aquella mujer rara solitaria. Ana había despertado en ella un sentimiento enterrado: el amor a su madre, su muerte, el cumplimiento de aquella promesa absurda.
Ya no sabía quién era, nadie lo sabía. Salió a la calle, sin gafas, sin orgullo, sin protección. Sorprendentemente se sintió despejada por el aire. Todos la miraban, veían sus ojos, unos grandes ojos ahora enrojecidos. Incluso empezó a dibujarse una leve sonrisa natural en ella, podía sentirse normal. En ese instante decidió romper su promesa, se sentía capaz de sufrir, a pesar del consejo de su madre. 
Estaba sumergida en sus pensamientos, estaba haciendo planes. Tenía ganas de ir a la cafetería y mostrarse como realmente era, incluso mostrárselo a Ana y reírse junto a ella. Le apetecía demostrar a sus compañeros de trabajo que era más que una simple administrativa. Lo haría, haría todo eso y más, estaba decidido. 
Ahora corría como si se le escapara el tiempo de entre las manos. Corría hacia la cafetería. Entró siendo otra persona, siendo ella misma. Nadie la saludó, nadie la reconocía. Vio al hombre que siempre le servía el café, se acercó a él y le hizo un gesto de complicidad. Éste le mostró una expresión confusa y le dijo: “Señora, ¿qué le sirvo?”. Mar se giró, sorprendida, buscando a alguien que pudiera reconocerla. Vio a Ana, se dirigió a ella y se agachó hasta ponerse a su altura mientras le decía “¡Hola!”. La niña no comprendía el saludo de aquella señora y se fue corriendo con sus padres que estaban tomando café en una mesa cercana.

Nadie la conocía pero estaba radiante y todos podían verla. 



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